No importa donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma.
Wednesday, January 12, 2011
Monday, January 10, 2011
Cuando Mary Jane dijo desde el balcón que mi 'apuesto amigo' acababa de llegar a casa, di por hecho que se referia a Daniel.
Sin embargo fue David quien apareció apoyado en la puerta de mis aposentos. Habia olvidado lo mucho que le habia gustado aquella noche que coincidió con él en La Buttoned.
-¿Whiskey?
-Su amiga.
-Volvió ayer.
-Mi hermano dijo que ultimamente se dedicaba a malgastar el tiempo y el dinero en alcohol y pastillas. Y en esa dama.
-Bueno, Daniel ha olvidado los progresos de mi tesis, obviamente.
-Mañana por la noche a La Buttoned.
-No lo sé.
-Las diez es una buena hora.
-No lo sé.
-Hasta mañana, Charles.
Sin embargo fue David quien apareció apoyado en la puerta de mis aposentos. Habia olvidado lo mucho que le habia gustado aquella noche que coincidió con él en La Buttoned.
-¿Interrumpo?
La cama deshecha, el olor a sexo, mi pelo revuelto, y el estuche del collar de perlas que la muy maldita de Mary Jane habia dejado a la vista después de llevarse su contenido, 'Puta tenía qué ser', no decían mucho a mi favor.
-No. No. ¿Qué...?
-Voy a llevarte a un sitio.
-¿Whiskey?
Asentí.
-Es guapa.
Miré a ambos lados, pero a excepción de un caballero con la cabeza metida en un libro, éramos los únicos clientes.
-¿Quien?-Su amiga.
Oh.
Jamás dejaría a Mary Jane saberse halagada.
-Es curioso. Ella piensa lo mismo.-Volvió ayer.
Esta vez no me hizo preguntar quien.
-Renée.
Cada vez tenía menos sentido la visita.
-¿Qué quieres?-Mi hermano dijo que ultimamente se dedicaba a malgastar el tiempo y el dinero en alcohol y pastillas. Y en esa dama.
-Bueno, Daniel ha olvidado los progresos de mi tesis, obviamente.
-Mañana por la noche a La Buttoned.
No dije nada. Y puso sobre la mesa un sobre sellado a nombre de 'Mr Charles Doe'.
-Si le pregunta, llegó con el correo ordinario.
'Fue ella la que...' iba a decir, pero ni siquiera pude terminar mi pensamiento.
¿Qué había ocurrido en realidad?
Todo parecía un sueño del que acabase de despertar y aún luchase por recordar todos los detalles.
-No lo sé.
-Las diez es una buena hora.
-No lo sé.
-Hasta mañana, Charles.
Era un día de calor, a pesar de ser principios de
primavera.
las banderas amanecieron a media asta,
pero no había viento que las hicese ondear.
Alcé la mirada hacia la cúpula blanca del capitolio,
buscando el cielo,
pero mis ojos se perdieron en las enormes pantallas,
encendidas desde la noche anterior.
Ví a los rebeldes luchando,
veinte años atrás,
del mismo modo que los asustados ciudadanos
debieron de observar la batalla del palacio,
paralizados en esta misma plaza.
Reconocí las imágenes de mi cámara,
pero, como tantas otras veces,
mis recuerdos no encajaban al completo con el testimonio
de aquel compañero mudo que instalaron en mi traje.
Le ví de nuevo a él,
veinte años más joven,
cediendo al impulso de cerrar aquellos largos dedos
para siempre
sobre el cuello de un opresor que poco poderoso parecía
encerrado en sus garras.
Ví mis propias manos sobre sus hombros.
no se gabró el audio pero pude oir mi propia voz,
'Debe ser judgado'.
Me dí la vuelta y comencé a andar hacia casa,
antes de que los más madrugadores comenzasen a llegar a la plaza.
No me hacía falta seguir contemplando la pantalla
para ver de nuevo el ajusticiamiento,
revivir nuestros juramentos, ni recordar la investidura
del que fuera primero mi anfitrión, y más tarde mi mentor.
-¿Preparada?
Asentí, tomando mi mano gemela,
y dejé caer mi ramo de rosas blancas sobre el féretro transparente.
Todo era blanco aquél día,
las columnas de mármol del capitolio, mi vestido,
la barba anciana que no crecería más,
mis flores, la tribuna improvisada para la ocasión.
pero mi alma se me antojaba gris,
y llena de pena.
No subí al atril.
Sin pensarlo puse una mano en el pecho, y clavé la mirada en el infinito.
la multitud esperaba mi discurso, pero las palabras morían en mi laringe,
y las lágrimas resbalaban por mis mejillas.
-Hoy La Nueva Democracia está de luto,
Presidente.
primavera.
las banderas amanecieron a media asta,
pero no había viento que las hicese ondear.
Alcé la mirada hacia la cúpula blanca del capitolio,
buscando el cielo,
pero mis ojos se perdieron en las enormes pantallas,
encendidas desde la noche anterior.
Ví a los rebeldes luchando,
veinte años atrás,
del mismo modo que los asustados ciudadanos
debieron de observar la batalla del palacio,
paralizados en esta misma plaza.
Reconocí las imágenes de mi cámara,
pero, como tantas otras veces,
mis recuerdos no encajaban al completo con el testimonio
de aquel compañero mudo que instalaron en mi traje.
Le ví de nuevo a él,
veinte años más joven,
cediendo al impulso de cerrar aquellos largos dedos
para siempre
sobre el cuello de un opresor que poco poderoso parecía
encerrado en sus garras.
Ví mis propias manos sobre sus hombros.
no se gabró el audio pero pude oir mi propia voz,
'Debe ser judgado'.
Me dí la vuelta y comencé a andar hacia casa,
antes de que los más madrugadores comenzasen a llegar a la plaza.
No me hacía falta seguir contemplando la pantalla
para ver de nuevo el ajusticiamiento,
revivir nuestros juramentos, ni recordar la investidura
del que fuera primero mi anfitrión, y más tarde mi mentor.
-¿Preparada?
Asentí, tomando mi mano gemela,
y dejé caer mi ramo de rosas blancas sobre el féretro transparente.
Todo era blanco aquél día,
las columnas de mármol del capitolio, mi vestido,
la barba anciana que no crecería más,
mis flores, la tribuna improvisada para la ocasión.
pero mi alma se me antojaba gris,
y llena de pena.
No subí al atril.
Sin pensarlo puse una mano en el pecho, y clavé la mirada en el infinito.
la multitud esperaba mi discurso, pero las palabras morían en mi laringe,
y las lágrimas resbalaban por mis mejillas.
-Hoy La Nueva Democracia está de luto,
Presidente.
Sunday, January 9, 2011
Saturday, January 8, 2011
Friday, January 7, 2011
Tuesday, January 4, 2011
-La Boheme, esta noche, tiene que venir, Charles. He oido que es tremendamente aburrida. Vendrá, ¿verdad?
-Eso es un gran argumento para convencerme.
-¡Oh, vamos! ¡Por favor, Mr Doe! Sea buen amigo. Renée está terriblemente enojada conmigo porque espanté a ese estupido conde francés que la rondaba. Incluso me ha amenazado con no dirigirme la palabra en toda la noche. 'Ha ido usted muy lejos, Daniel, me he quedado sin entretenimiento' me dijo, la muy pretenciosa, ¡¿puede creerlo?!
-Asombrado me hayo.
-Oh, si la viese, a la muy maldita. Necesito a alguien que entretenga a esa dichosa dama. Y mi hermano David no regresará a la ciudad hasta dentro de dos dias, convecciones de intelectuales, ya sabe.
-Ahá...
-Perfecto, a las ocho en la ópera pues, ya sabia que podia contar usted, querido.
Sunday, January 2, 2011
-Has venido.
-¿Cómo iba a no venir?
Postrado en aquella cama, conectado a aquellos tubos cómo un muñeco, ojeroso, y despojado de sus trajes con chaqueta y corbata, la edad y la enfermedad parecen haber consumido a Tom hasta reducirle a una figura apenas reconocible. Hasta su débil voz lo traiciona convirtiendose en una estruendosa tos cuando trata de contestarme.
-¿Sabes quien ha venido? NADIE.
-Siempre me ha gustado ser diferente. -le replico colocando mis rosas blancas en un jarrón junto a su mesilla.
-Es el vigésimo ramo de rosas que llega, ¿sabes? -dice con melancolía- No ha venido nadie.
-No podia no venir.
-Nadie que no quiera algo. ¡Solo quieren despedazarme pequeña!
-Algo he oido.
-¡Claro qué has oido! ¡Seguro que ahora mismo están reunidos! ¡Tramando cómo repartirse mi imperio! ¿Y sabes qué?
-Solo son ratas, Tom.
Cojo su arrugada mano para ponerla en mi regazo. Ojalá supiese consolar.
-Y arrasarán con todo. Escucha pequeña, ¿lo quieres? Puedo dartelo. Todo. Sólo pidemelo.
-No puedo.
-Se te daba tan bien...
Le doy un beso protector en las manos entrelazadas, y le coloco las palmas en mi vientre.
-Tres meses. -respondo a su mirada sorprendida.
-Vaya, vaya, pequeña.
Y sonrie.
No he visto sonreir a Tom desde que le diagnosticaron el cáncer.
Llevo dos años visitandolo cada mes, ¿cómo voy a abandonar a un anciano solitario? Sobretodo cuando, si no me hubiese reclutado para su ejercito de mercenarios modernos, alejándome del momento mas negro de mi vida, quizás no me hubiese convertido en lo que soy ahora.
-Escúchame. ¿Recuerdas el primero de mis pisos en el que viviste? ¿Tienes la llave aún?
Hago memoria y recuerdo que me ordenó no deshacerme de ella, jamás.
-Ahá.
-Coge esa llave y ve a Zürich. Todo lo que hay en mi cuenta es tuyo.
-Tom...
-No. Prométemelo. Mis hijos están muertos. Jack está muerto. ¿Vas a dejar que se lo queden esas ratas? Tú eres lo único que me queda, pequeña. Eres la única que ha venido a verme.
-No soy nadie...
-Di que me lo prometes. Dimelo.
No necesito ese dinero. No puedo cogerlo. Pero no sé que me da más asco, quedarme con la fortuna de Tom, o dejar que las ratas se lo repartan entre ellas.
-Para el bebé. Jamás vi nacer a mi nieto.
Este bebé jamás tendrá un abuelo.
No necesito ese dinero. No puedo cogerlo. Pero no sé que me da más asco, quedarme con la fortuna de Tom, o dejar que las ratas se lo repartan entre ellas.
-Para el bebé. Jamás vi nacer a mi nieto.
Este bebé jamás tendrá un abuelo.
-Te lo prometo.
Epílogo
Friday, December 10, 2010
IV.
-Alejandro.
-El muchacho ha estado aquí, Neoptolomeo.
Aquello le pilló desprevenido.
-¿Qué?
-Lestarat.
-Sé... sé que os referís a Lestarat. ¿Dónde está ahora?
-Reuniendo a su ejército, imagino.
-¿Qué habeis hecho...? -murmuró.
-Demasiados años. Demasiados años he liderado a los Guardianes, Neoptolomeo. Nuestra rebelión falló. Nuestros hombres se descontrolaron, sedientos de venganza, pero se arrepintieron, rogaron por redención. Pensé que habíamos alcanzado la paz, una tregua estable. Y entonces...
-Entonces llegó ELLA.
-¿Cuál es la condición, Alejandro?
Los ojos agotados del líder guardián le miraron sin pestañear.
-Ya sabes cual es.
-Alejandro.
-El muchacho ha estado aquí, Neoptolomeo.
Aquello le pilló desprevenido.
-¿Qué?
-Lestarat.
-Sé... sé que os referís a Lestarat. ¿Dónde está ahora?
-Reuniendo a su ejército, imagino.
-¿Qué habeis hecho...? -murmuró.
-Demasiados años. Demasiados años he liderado a los Guardianes, Neoptolomeo. Nuestra rebelión falló. Nuestros hombres se descontrolaron, sedientos de venganza, pero se arrepintieron, rogaron por redención. Pensé que habíamos alcanzado la paz, una tregua estable. Y entonces...
-Entonces llegó ELLA.
Polis enteras habían sido arrasadas bajo las órdenes de aquella mujer,
la furia de la Señora de la Guerra dejaba un temible rastro de cenizas a su paso.
Cualquier ciudad sospechosa de dar cobijo a un sólo Guardián quedaba condenada,
sin importar el número de inocentes que albergase.
Ellos mismos habían sentenciado a los rebeldes que inicaron las revueltas,
muy a su pesar se los habían entregado a ella para su castigo,
aún sabiendo el terrible modo en que serían torturados y humillados.
-Sólo tienen una condición, Neoptolomeo.
Pero la Princesa Lestarat no se había mostrado convencida.
-¿Cuál?
Nada era suficiente para Cassandra.
-La ciudad les pertenece de todas formas. No sólo por derecho, la mayoría de los ciudadanos les apoyan... apenas tenemos apoyo popular aquí.-¿Cuál es la condición, Alejandro?
Los ojos agotados del líder guardián le miraron sin pestañear.
-Ya sabes cual es.
Friday, November 12, 2010
-Vete.
Obviamente no se va, a pesar de mi súplica ahogada.
Tampoco dice nada, me desnuda con delicadeza y me obliga a meterme en la bañera. Apenas opongo resistencia, sólo me acurruco en la espuma apretando las piernas contra mi pecho mientras se sienta en el bordillo y me empapa el pelo.
Quiero echarle, pero necesito una conciencia.
Necesito alguien que me diga que esto no está bien. O qué no pasa nada, que sólo es un pequeño desliz. No sé lo que necesito, sólo sé que tengo arrugados los dedos, que me avergüenzo de mi misma, por parecer una cria asustada y agazapada que trata de desvanecerse en la bañera, 'cómo si fuese posible, de cualquier modo', me digo, y que me duele la garganta. Me duele mucho la garganta.
-¿Qué piensas?
-¿Cómo están las cosas, barbie?
-Creo que nunca voy a dejar de estar enferma, Jack.
Obviamente no se va, a pesar de mi súplica ahogada.
Tampoco dice nada, me desnuda con delicadeza y me obliga a meterme en la bañera. Apenas opongo resistencia, sólo me acurruco en la espuma apretando las piernas contra mi pecho mientras se sienta en el bordillo y me empapa el pelo.
Quiero echarle, pero necesito una conciencia.
Necesito alguien que me diga que esto no está bien. O qué no pasa nada, que sólo es un pequeño desliz. No sé lo que necesito, sólo sé que tengo arrugados los dedos, que me avergüenzo de mi misma, por parecer una cria asustada y agazapada que trata de desvanecerse en la bañera, 'cómo si fuese posible, de cualquier modo', me digo, y que me duele la garganta. Me duele mucho la garganta.
-¿Qué piensas?
-¿Cómo están las cosas, barbie?
-Creo que nunca voy a dejar de estar enferma, Jack.
Subscribe to:
Posts (Atom)