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Friday, July 1, 2011

V.

La soledad del templo le recordaba irremediablemente a Victor. El escándalo que su presencia traía a la casa. 
Durante años había odiado su presencia, evitado encontrarse frente a aquella sonrisa inocente y despreocupada que le recordaba que, en una época muy lejana, ella también había sido feliz.

-Quizás debería amamantarlo, señora.
-Me niego.
-Pero... está débil, y hemos probado tres nodrizas ya sin resultados.

Pasó dos años sin querer verlo. Ariadne se ocupaba de él la mayor parte del tiempo. Ghaldok veló su sueño alguna noche. Hasta Cronos jugueteó con el pequeño.


Llevaba noches sin dormir,
Ariadne le había sugerido un brebaje para descansar, pero lo había rechazdo,
lo cierto era que temía cerrar los ojos.
Cuando menos lo esperaba, de entre las sombras,
una mano invisible colocaba un bebé en su regazo, e inconscientemente, comenzaba a amamantarlo.
Entonces notaba un agudo dolor en su pezón,
un mordisco, los brazos le fallaban,
y cuando bajaba la vista para asegurarse de que el pequeño no cayese,
unas manos, adultas, con cicatrices, sus manos,
rodeaban lentamente su cuello, asfixiándola.
Ella las aferraba, arañándolas,
pero entonces él las detenía a ambos lados, giraba su cuello,
y susurraba en su oído 'Yo te hice mujer'.
Siempre despertaba en el mismo instante que un ligero crack detenía sus latidos.

Los sueños no cesaron hasta el final de la estación seca, no llamó de nuevo a Cronos a su alcoba hasta entonces.

Aquella noche se decidió a verlo por primera vez.
Se envolvió en capa encapuchada de seda azul y caminó descalza hasta su dormitorio.
Pequeñas respiraciones provenían de una cama demasiado grande para un infante,
y un pequeño bulto yacía en el lado más alejado del balcón.
Bajo la luz de la luna comprobó que su pelo era oscuro, como el de él,
y sintió que en cualquier momento sus manos se transformarían.
-Victor, despierta.
Lo zarandeó.
-Victor.
Unos ojos claros la miraron asustados.
Suspiró. No eran marrones.
No era él, no iba a matarla.
-¿Quién eres?
No le respondió.

Al llegar al pequeño estanque recordó el día que la niñera, distraída por la visita de su amante soldado, le perdió de vista, y él, viéndose libre, corrió a inspeccionar los rincones del palacio que Ariadne le había prohibido visitar. Así, lo encontró dormido en el balcón de su dormitorio al volver de bañarse. Los mandó azotar. Niño y niñera.


Las pesadillas desaparecieron, cambiaron, pero el insomio persistió. Cada noche, 
se levantaba sigilosamente, se cubría con la capa de seda y se sentaba a su lado.
Si tardaba mucho en despertarse, lo hacía ella misma.
Siempre le preguntaba quién era.
Nunca le respondía.
Las niñeras comenzaron a advertir que la cama de Victor aparecía mojada por las mañanas.
Entonces, ella lo hacía llamar y le castigaba con tres azotes, 
para que aprendiese a ser un hombre.

Se metió en el agua, sentándose en el bordillo, y comenzó a rezar.

Monday, May 30, 2011

II. Ghaldok y Cassandra (Principes)


Llegaron a Chrysò pasada la media noche. Los acompañaba la Sacerdotisa convertida en íntima consejera del Príncipe y sus dos guardias. El resto de la comitiva llegaría a la mañana siguiente para evitar un posible ataque de los Guardianes.
Se llamaba Ariadne, la Sacerdotisa. Había acudido a por ellos por orden explícita del Príncipe, que desconfiaba de todo lo que pudiese ocurrir tras las fronteras de su Polis.


.......................................................



ONCE AÑOS DESPUÉS.

-No puedes entrar con armas en el templo, Cassandra.
Sin decir nada, se arremangó el vestido azul y tiró al suelo las armas que colgaban de sus blanquecinos muslos. Luego inclinó levemente la cabeza hacia la otra mujer.
-Has decidido dejar de ocultarte tras esa sangre en tu cabello, por fin -insistió, señalando la cabeza que acababa de bañar en el mar. 
-¿Hay algo más que no pueda llevar conmigo al templo?
La mujer agitó la melena azul eléctrica, negando.
-No han cambiado mucho las cosas en los cinco años que llevas sin venir.
-Las guerras no se ganan rezando -dijo secamente- Deberias saberlo, Glaüka.
Dandole la espalda detuvo sus ojos cristalinos en las columnas, casi sin querer, mientras algo molesto se anudaba en su garganta al observar el infinito a través de aquellos muros blancos.
Apenas tenía quince primaveras la primera vez que los vio, pensó mientras el recuerdo se esbozaba dolorosamente en su mente, distraída solo por los pasos de Glaüka alejandose.



Habia perdido la fé en los dioses. Aquella noche habia perdido la fé en todo, pero no fueron ellos quienes la llevaron alli.
'Ariadne, necesito encontrar a la Matrona Mayor'
'En el templo, niña'
Descalza y despeinada, habia corrido hacia alli hasta quedar sin aliento. Cuando la encontró estaba sentada en la puerta del templo, leyendo El Fedón.
-Que cosa tan curiosa, la politica, ¿no crees? -le dijo, alzando los ojos al verla.
-Necesito...
-Sé que te trae aqui, pero no puedo.
El desconcierto inundó su rostro.
-Por favor...
-Es imposible.
Su pasividad la irritó. 
Sabía que algo horrible podía pasar si no la ayudaba.
-¡No puedo!
Pero la anciana se marchó sin inmutarse.
Algo se removió entonces en su interior, extinguiendo la leve llama de esperanza que quedaba en ella, igual que se extinguen las ultimas luces de un dia de invierno.
-¡Que nazca pues! -le gritó a la nada- ¡Que crezca! ¡Quiero torturararlo con mis propias manos!
Y nació.
Nueve meses después dio a luz bajo los cuidados de Ariadne.
-Llévatelo -empapada de sudor, aun temblando por los esfuerzos de las contracciones, y los ojos llorosos, no fue capaz de pronunciar otra cosa.
-¿Vais a llamarlo? -preguntó Ariadne.
-Victor.


Cada paso que daba adentrandose en el templo vacio resultaba ser como una lenta y dolorosa cuchillada en su pecho.
La excitación se confundia con el dolor del pasado, y la promesa de venganza dibujaba en el futuro un ultimo propósito.
-Victor... Victor, Victor, ¡VICTOR!
Gritó al vacio repetidas veces, pero las palabras se perdieron en la soledad del santuario.
-Ya no está.
Sorprendida, se giró para descubrir a Cronos rodeándola en sus fuertes brazos. Se contuvo para no gritarle que la dejase, que se marchase, que sólo le usaba para saciarse, que era un idiota si podia creer que ella era capaz de sentir algo que no fuese odio, dolor, y venganza. Pero aquello no era verdad... del todo. Y le necesitaba. Lo había sabido desde el primer día que le vió entrenando en el patio junto a los otros guerreros.


-¿Cómo te llamas?
Había pasado poco más de un año desde que aquella Polis les acogiese
y les prometiese ayuda para reconquistar Chrysò.
Desde entonces, con la ayuda de Ariadne, los Lestarat trataban de reclutar un ejército reuniendo a sus aliados.
-Cronos.
Tras el parto, la pequeña muchacha asustada que llegase en busca de refugio,
se había convertido en una criatura gélida, imponente, 
que rápidamente se acostumbró a dar órdenes y castigar a aquellos que las desobedecían.
Pero aquél hombre, a diferencia de los otros, se presentó ante ella in-intimidable,
el sudor aún brillando en la piel bronceada por los entrenamientos bajo el sol,
la melena dorada alborotada,
y aquellos ojos azules clavados en ella,
como desafiándola.
-Capitán Cronos, a partir de ahora.

-Ya casi ha terminado... -le susurró.
-Ya casi -respondió él.
-Necesito que hagas algo...

Saturday, April 23, 2011


-¿Quien no ha visto esa pelicula? ¡Es un clásico!
-¿Cuantas peliculas has visto tú?
-¿Valen las porno?
-Nop.
-Una. Paseando a Miss Daisy, ¡es un clásico!

Friday, April 22, 2011



VIII.


-Vas a volver, ¿verdad?
Quedaban solo unas horas para la batalla, y una sensación de angustia creaba un molesto nudo en la garganta de Ghaldok.
Bebiendo un largo trago de vino deseó poder abandonarse aquella noche al alcohol en vez de a la sangre.
-Tranquila...

-¿La quieres?
Sorprendido se giró sin habla hacia su hermana.
-¿Qué?
-¿La quieres?
Se suponia que debía de estar furiosa. 
Había pactado una boda sin su permiso. Había trazado planes con Ariadne a sus espaldas. Había conseguido refuerzos, pero sin su consentimiento. Pero hacía meses que no la veia tan tranquila. Le miraba como un cordero a punto de ser degollado.
-No la conozco. No puedo quererla.
-Prométeme. Prométeme que la vas a cuidar, Ghaldok.

-Prométeme que vas a volver.
Era tan frágil y delicada. Tan rompible...

Entonces comprendió, abriendo muchos los ojos. Y no pudo evitar reir.
-Prométemelo - insistió.

'¿La quieres?' Ahora la queria.
-Vas a volver, ¿verdad?

-Te lo prometo.

*
*
-Puedo dormir esta noche contigo, si lo necesitas.
Aquella noche era diferente. Aún permanecia a su lado. Normalmente se separaba bruscamente de él dejándole reponerse y salía al balcón. Pero esta vez permanecia a su lado, rodeada por los brazos del guerrero.


-Levantate, Victor.
-Esta noche he sido valiente. Y ella no ha venido. Creo que lo ha olido.
-Apresúrate, vamos a conseguirte un caballo.
-¿De verdad? ¿Cómo el de Ector? ¿Para mi?
-Para ti solo.

-No lo necesito -dijo, deshaciendose de su abrazo, y dandole la espalda- Pero puedes quedarte a dormir si quieres.
-Victor...
Cronos la besó en el hombro y se giró tambien. Su vida se había roto el dia que la violaron y mataron a sus criados y el resto de su familia,  y con ella su emopatía y su capacidad de amar. Y él acababa de comprenderlo.

*
*
-La bella Chrysò. Más bella aun sabiendo que mañana será destruida, ¿no crees?
-Neoptolomeo.
El hombre alto, de barba y cabellos morenos se detuvo un momento a observar al joven que acababa de llegar. Ambos tenian el mismo marron claro en los ojos.
-Mircea.
-¿Me tienes miedo, Ariadne?
-Solo temo a la muerte.
Ciertamente era una mujer bella. Y fuerte. Sobretodo fuerte, capaz de soportar el heredero que él pretendia criar.
-Lo siento -murmuró el joven, para su sorpresa. Parecia asustado.
-¿El qué sientes, hijo mio?
Mircea abrió los ojos asombrado, pero trató de disimularlo.
-Si hubiera sabido que ella era... Bueno, llevaba ropas de criada. Yo... al fin y al cabo estabamos en guerra. Lo había visto tantas veces con mis propios ojos. Y habiamos ganado. Yo lideraba aquella partida. Me dijeron que todo lo que encontrasemos era mío. Mi trofeo. Habíamos ganado gracias a mí. Parecia que habiamos ganado. Yo...
-Calla.
-No deberian haberla obligado a tener el crio. Fue una humillación. Otra-añadió.
-Calla -repitió Neoptolomeo.
-Si, señor.
-Prometemos la justicia a nuestro pueblo. Pero, ¿qué justicia traemos? La justicia no existe en la guerra. Solo la crueldad. 
-¿Y la piedad, señor? ¿Y la misericordia?
-Piensa una cosa, ¿quien inició acaso esta guerra, nosotros o ellos? No voy a dejar que te mate mañana.
-¿Por qué?
-Porque ese hombre, Ghaldok, con su forma de protegerla a ella, me enseñó una cosa que los guardianes habiamos olvidado: la sangre. No voy a dejar morir a mi hijo.



Tuesday, March 8, 2011


VII.

-Es curiosa la politica, ¿no crees?
Estaba de espaldas a ella, pero sabía que era ella. Tenía que ser ella. Cronos debia de haberla enviado alli.
-Yo misma te comenté una vez algo asi. Hace mucho tiempo.
-La primera vez que vine al templo.
-La primera vez... -susurró Glaüka- Ha sido una larga tarde. Pensé que ya te habías ido.
-No puedo dormir.
-No puedo dormir...
-¿Por qué?
-Tengo miedo.
-¿De quien?
-De ella.
-Eres un cobarde, Victor. Un cobarde. Nunca serás un hombre.
-No quiero ser un hombre. ¡Solo quiero dormir!

-No puedo dormir.. -repitió para si.
-Deberias descansar para mañana.
-Mañana... ¿qué sientes, Glaüka?
-¿Qué siento? 
-¿No sientes remordimientos de tenerme aqui, junto a ti, viva? ¿No sientes... ¿No sientes asco?
-Siento miedo, y humillación, ya que lo preguntas.
-¿Y que sientes sobre que yo esté viva?
-No te entiendo...
-Hay quien cree que para evitar un mal mayor hay que sufrir un mal menos, ya sabes... politica. ¿No?
Pudo notar como las piernas de la sacerdotisa comenzaban a temblar.
-Es una creencia extendida.

-No podéis pasar.
Dos corpulentos mercenarios les cerraban el paso hacia el mirador.
-Ghaldok golpeó la columna furioso.
-¡Yo os contraté! ¡Yo soy vuestro capitán! ¡Dejadnos pasar!
-Ella ordenó que no pasara nadie.
-Algo terrible va a suceder... -murmuró Ariadne a su lado.
-¡Apártate! -gritó Ghaldok impaciente, empujandolo.
El mercenario se lo quitó de encima empujándole hacia atrás y tomó a la anciana por el cuello.
-¿Te vas a estar quieto, capitán? -sonrió, enseñando su dentadura podrida.
Sin pensarlo agarró el cuchillo de la cintura del otro guardia, que permanecia en shock, y lo clavó en su pierna, que soltó a la mujer gritando de dolor.
-¡Corre Ariadne! -la empujó liberandola de las zarpas del gorila, y se volvió hacia él mientras ella escapaba hacia el mirador.

-¿No tienes nada que decir? -inquirió.
-¿Qué quieres que diga?
-¿Por qué?
-Es impensable. Impermitible. No puedes masacrar asi a un pueblo...
-PUEDO -exclamó furiosa.
-Es inhumano hacer pagar a un pueblo por los pecados de un hombre. Mis mensajeros han de haber llegado ya a Chrysò. Es posible que Él ni siquiera esté en la ciudad.
-¿Cuando dices 'mis mensajeros' te refieres a ellos? -preguntó alargando las pequeñas manos hacia uno de los altares. Cómo habia ordenado a Cronos, dos cabezas reposaban envueltas en la sábana de la que tiraron sus largos dedos, rodando por el marmol hasta los pies de Glaüka.
-No...
La mujer murmuró algo aterrada y se dejó caer de rodillas en el suelo, ahogando una arcada.
-Clistenes y Polonio también están muertos. Y Zenón. Y Anaximenes. Todos ellos. ¡Todos!
-¿Cómo has podido convertirte en esto? Eras una niña... ahora te consumen la maldad y el rencor. Estos años te han destruido... No me equivoqué al hacerte tener a Victor.
-No hables de Victor.
-Él al menos te mantenia viva.
-¡CALLATE!
-Pero terminaste de morir con él.
-CALLA. Estoy viva, algo que tú no puedes afirmar.
-No estás viva. No eres más que un espectro -murmuró mientras el acero se clavaba lentamente en su vientre.
-Respiro. Tú estás dejando de hacerlo.

Había llegado tarde.
-Niña...
Se había arrodillado en el suelo, pasando los dedos por el charco de sangre que derramaba Glaüka, inerte sobre el mármol. Al verla alzó la cabeza y se encogió de hombros.
-Tenía que hacerlo. 
Ariadne la tomó en sus brazos y le acarició el pelo.
Contempló con tristeza el cuerpo de su compañera y suspiró. ¿Qué le habia ocurrido a su pequeña?
-Mañana todo habrá acabado.
Para su sorpresa ella correspondió a su afecto.
-Todo, Ariadne. TODO.


Saturday, February 19, 2011

IX.

-¡Estás loca, Cassandra!


-¡No¡ ¡NO!
Atadas las muñecas y los pies colgados del techo, se balanceaba el cuerpo malherido de un hombre.
-Puedes elegir entre ser un traidor vivo, o un hombre leal muerto -le dijo la voz de una mujer desde las sombras, mientras Ector se acercaba a él con una larga vara de hierro ardiendo.
-¡No!

Los capitanes de Atenas se sentaban frente a ella en una larga mesa. A ambos lados de Cassandra, Ghaldok y Ariadne completaban la representación de su consejo.
-¡Venimos a firmar la paz y nos insultas! ¡El fin de la guerra por un hombre y tú lo escondes! 
Estaba furiosa.
-Esto no es lo que habíamos acordado. -oyó decir a su hermano.
Chrysò le peretenecía por derecho. Y la vida, el sufrimiento de aquél hombre... nadie le quitaría su venganza. Él la había convertido en lo que era, se decía.
Oyó decir algo a Neoptolomeo, pero estaba tan llena de rabia que ni siquiera se molestó en escuchar.
-¿DÓNDE ESTÁ, ALEJANDRO? 
-¡No lo sé! ¡No le ha visto nadie desde anoche!

-¿Y bien?
La sangre seca manchaba el suelo y las ropas del prisionero.
-Siete dias... siete dias. .. -sollozó.
Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro.
-Ector, es suficiente.
-Cassandra... Cassandra... Gracias, Cassandra... -murmuró el prisionero.
Ella se giró para mirarlo, dudó un momento, y luego le hizo una mueca a Ector.
-Que lo echen a los cerdos

-Entonces morireis todos.

-¡Estás loca, Cassamdra!

-Lo siento, Alejandro. 

Se produjo entonces la respuesta a su llamada. De todas partes de la ciudad, de cada recoveco, de cada esquina, liderados por Cronos, se escurrieron los hombres dispersados por Ghaldok, en dirección hacia la Ciudadela.
Las huestes de los Principes se abalanzaron sin piedad sobre los Guardianes de la Polis.
Los hombres de Neoptolomeo fueron los primeros en reaccionar, pero los soldados apostados en la entrada irrumpieron en la habitación mientras Ghaldok se sentia empujado hacia afuera por su hermana.
-¡Encontradlo! -les ordenó antes de desaparecer.

-¡Mircea! ¡Mircea!
Estaba alli, desorientado en medio de todo el tumulto. La miró extrañado, sin reconocerla.
-¡Mircea!
Ahora que lo veía, que lo sentia al lado, le parecía una crueldad matarlo. Le parecía tan cruel morirse... quizás podría escapar con él de alli. Refugiarse en alguna isla y dejar que la tomasen por muerta...
-¡Mircea!
-¿Quién eres?

Habian llegado a una pequeña terraza en los salones de la Ciudadela. Caminando entre los cuerpos sin vida la guió concienzudamente hacia el balcón para hacerla ver la Polis sumida en el caos.
-La sangre corre por nuestro hogar, de nuevo.
Ella asintió, perdida en algún ensoñamiento.
-Diles que paren. Hemos ganado. Ni siquiera sabemos si está aqui. No tiene sentido.
-¡No! Hasta que Mircea no muera no habré ganado nada.
-Nada puede borrar lo que ha pasado. Nada va a devolverte a tí misma.
-¡Mi señora! -exclamó entonces una voz- ¡Lo han encontrado!

-Ven conmigo, Mircea.
-He de luchar. No puedo abandonar la ciudad.
-¡Morirás si no lo haces!
-¿Por qué te preocupa? ¿Quien eres, mujer? Aparta. Si no llevases esas ropas de sacerdotida te habría matado ya, no pareces un guardian.
-No soy un guardián. Soy tu madre.
Intentó mostrarse inexpresivo, pero vió su expresión de sorpresa, la sombra de la duda. Y la confusión.
-¿Por qué habria de creerte?
-¡Mi señor Mircea! -gritó un soldado desde el piso superior- ¡Apártese! ¡Es la protectora de Cassandra!
Durante un instante Ariadne pensó que la flecha se clavaria en su pecho, pero los brazos de Mircea aferraron sus hombros y un grito le indicó que era el pecho de él en el que se habia hundido.
-¡Mircea!
-Eres real... Neoptolomeo me dijo que los principes te mataron cuando diste a luz. Pero mentia, le oí hablar sobre ti con Alejandro.
-Mircea....
¿Cómo iba a matarlo si no dejaba de mirarla de aquella forma?

-ARIADNE.

Ghaldok intentó detenerla, pero ella se escurrió y corrio hacia Ariadne y Mircea.
-Lo has encontrado, Ariadne.
-Vete, Cassandra.
La anciana se habia puesto de pie, y temblaba frente a ellos, con la voz rota.
-¿Qué?
-Tengo que matarle yo, Ghaldok. Ella lo humillará si lo hace, no puedo permitirlo. No puedo presenciarlo. Por favor, Ghaldok...

-Matarle es el único motivo por el que estoy aqui. ¿Qué te ocurre? No pienso irme.
-No voy a permitir que mates a mi hijo.
Por un momento se quedó paralizada, despues, para sorpresa de todos, se abalanzó sobre Ariadne.
-TU HIJO, TU HIJO... ¿es que no ves... ¿esque no sabes...
Sus manos descontroladas se acercaron peligrosamente al cuello de la anciana. Los puños cerrados hicieron amago de abrirse y encerrar el cuerpo de su protectora del mismo modo que encoerraron el de Victor.
-¡AH!
Pero Ghaldok habia clavado su espada en el vientre de Mircea, atrayendo su atención.
-¿Qué haces? ¡ES MÍO ES MÍO! -chilló, zafandose de Ariadne.
Ghaldok la esquivó mientras se abalanzaba sobre él.
Pudo ver de nuevo cómo las mismas manos que se habian llevado la vida del hijo se aferraban del mismo modo, en un intento desesperado de hacer lo mismo con la existencia del padre.
-¡No! ¡NO! 
No pudo evitar sostener a Ariadne por la cintura, mientras ella lloraba y suplicaba.
-Lo siento -le dijo al oido. Y ambos observaron mudos como  Cassandra, o lo que quiera que fuese que quedaba de ella aquella criatura, se llevaba consigo los últimos alientos de la vida de Mircea.
-Vámonos.
Ariadne calló de rodillas, en un baño de lágrimas, ajena a él, alargando la mano hacia los ojos del hombre.
-¡Ghaldok! ¡Quietos!
Antes de que se diera cuenta, Alejandro y dos hombres más habian entrado en el salón a la cabeza de una escuadrilla.
Ghaldok levantó instintivamente los brazos, alzando tambien la palma izquierda de su hermana consigo.

-¡Gh...
Iba a protestar cuando algo fuerte y pesado la golpeó inesperadamente en la cabeza.
Tambaleandose, perdió el equilibrio y se soltó de su hermano, cayendo de rodillas al suelo.
Cuando volvió a alzarse sintió lágrimas de dolor resbalando por la mejilla.
¿Cuanto tiempo hacia que no lloraba? pensó Doce años, quizás...

Tuesday, February 15, 2011

Epílogo.


-La vistieron de blanco, y le adornaron el pelo con flores amarillas.
Alejandro en persona había ordenado que la bañasen y perfumasen. La presentó ante el pueblo como La Señora de la Guerra, la princesa más hermosa de Grecia, y una digna reina. 
De los muertos.
Después la cubrió con una capa de seda azul.
Ghaldok había envenedado la punta de la flecha para que su muerte fuese inmediata, e indolora. Y así fue. Un disparo limpio, directo al corazón. 
Dicen que no cerró los ojos. Que solo se oyó el silbido de la flecha mortal cortando el aire, y el golpe seco al caer en el mármol blanco. Sola.'

Cuando la multitud se hubo dispersado un hombre joven y apuesto, de cabellos dorados, se acercó a ella comiendo una manzana de color rubí.
-Tu madre no se llamaba Elena. Y tú padre no fué Ghaldok Lestarat. -le susurró al oido.
Tenía sus mismos ojos claros.
-No -susurró ella también- Pero sí soy una Lestarat.
Él sonrió.
-Hermana. -dijo, y se alejó, dejando caer tras él la manzana.

Sunday, February 13, 2011

Prólogo. 

El sol aun no había salido cuando se despertó. Los cabellos dorados caían sobre su frente alborotados.
Le costó un par de minutos recordar donde estaba. Entonces vino a su mente poco a poco una noche envuelta en ruido, sexo, y confusión, seguida de varios días de cautiverio, y contempló con un suspiro los barrotes que le hacian prisionero.
-Ghaldok.
Una voz murmuró desde las sombras. Su dueña estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Se acercó a ella al tiempo que contenía una arcada. La sujetó por los brazos y le recogió el pelo. Estaba helada, pensó al oler el vómito. También estaba deshidratada, era el quinto día que pasaba llorando y vomitando, ¿o el séptimo? El tiempo pasaba lento en la oscuridad. Ni siquiera sabía si era día o noche.. 
-¿Mejor?
-¡NO! ¿Es que no estabas allí?
Habia estado alli, por supuesto. Cristales rotos. Los cuerpos de los criados esparcidos por el patio. Los mueblos desordenados y tirados. Y el lecho. Los Principes Lestarat asesinados en su propia cama.
Y luego llegaron Los Guardianes.
Mientras se resistía a un grupo de ellos en el patio podía oirla gritar y forcejear.
Aún sentia el sabor a sangre en la boca.
-Entonces déjame -musitó ella ante su silencio.
-Vamos a hacerles pagar por lo que te hicieron. Voy. 
-¡Los mataria uno a uno si pudiera! Y a él... a ÉL le desgarraré con mis propias manos.
Se levantó furiosa y pegó un golpe en la pared, resplandeciendo el rostro bajo las antorchas. En él habia restos de sangre y polvo.
Se oyó entonces un estruendo en la parte superior de las mazmorras, y poco después las puertas de hierro se abrieron chirriando.
-¡General! ¡Dos prisioneros! -dijo una voz aguda desde la entrada, que a Ghaldok le resultó familiar.
-¿Quien sois? -le preguntó un crio apenas unos años más joven que él, acercando la antorcha a su rostro.
-Ghaldok Lestarat.
-Lestarat...
-¡Sacalos de ahi muchacho! ¿A qué esperas? -gritó entonces una voz detrás del chico, y un hombre canoso con las proporciones de un armario se acercó a él- Los Guardianes de Troya han caído.




Monday, February 7, 2011

VI.

-Debemos ir al templo, tengo la sensación de que algo horrible va a suceder allí.
La anciana no se movió, apoyada en el muro blanco, contemplando el mar, extendió sus manos hacia él, acariciándole el rostro.
-Eres un buen hombre.
-Sólo soy un hombre que protege a un monstruo.
-Déjame matarle a mí. Ella... ella lo humillará, lo destrozará...
Se puso tenso.
-Quizás lo merezca.
-Quizás no.
-¿Por qué defiendes a un hombre que violó a una niña?
-¿Por qué defiendes tú a una mujer qué mató a su hijo con sus propias manos? -le preguntó.




Era la primera vez en cuatro años que se atrevia a estar a solas con él. La primera vez que le cogía la mano y le dejaba caminar con ella. Incluso le habia besado la frente. Era la primera vez que entraba en su dormitorio. 
Alli, cuidadosamente colocado sobre un baul junto al balcón, estaba su vestido azul.
-¿Qué es eso, Victor?
-Es el vestido de mi mamá, me lo dio Ariadne. Algún dia vendrá a buscarme y me llevará a casa.
'A casa'
-Tú no tienes casa.
-Claro que tengo. Y una mamá preciosa. Y vendrá a buscarme un dia.
La visión del crio quedó empañada por una suave cortina de lágrimas. Su vestido azul...
-Tú no tienes madre.
-Claro que si.
-¡No! ¡NO! ¡Tu madre está muerta! ¡MUERTA! ¿Me  oyes? ¡Muerta! ¡Y no va a volver a por ti! ¡Nunca!
-¡No! ¡Mi mamá va a venir!
-¡No! 
Sin darse cuenta arrojó el vestido al suelo y se abalazó sobre el crio, tratando de callarlo.
-¡NO!
El olor a pánico lo inundaba todo.
Victor ya no chillaba, aterrado, aferraba su muñeca con esas manitas blancas y pequeñas, intentando  separarlas de su garganta.
-¡NONONO!
Trató de colocarlo contra la pared, pero se resbaló con su orina y ambos cayeron hacia delante.
La cabeza de él con un golpe seco en el suelo, las manos de ella intentando sujetarle.
Y entonces la presión cesó sobre sus muñecas.
-No...




-Porque es mi hermana.
Ariadne sonrió con melancolia.
-Él es mi hijo.


Friday, December 10, 2010

IV.

-Alejandro.
-El muchacho ha estado aquí, Neoptolomeo.
Aquello le pilló desprevenido.
-¿Qué? 
-Lestarat.
-Sé... sé que os referís a Lestarat. ¿Dónde está ahora?
-Reuniendo a su ejército, imagino.
-¿Qué habeis hecho...? -murmuró.
-Demasiados años. Demasiados años he liderado a los Guardianes, Neoptolomeo. Nuestra rebelión falló. Nuestros hombres se descontrolaron, sedientos de venganza, pero se arrepintieron, rogaron por redención. Pensé que habíamos alcanzado la paz, una tregua estable. Y entonces...
-Entonces llegó ELLA.
Polis enteras habían sido arrasadas bajo las órdenes de aquella mujer,
la furia de la Señora de la Guerra dejaba un temible rastro de cenizas a su paso.
Cualquier ciudad sospechosa de dar cobijo a un sólo Guardián quedaba condenada,
sin importar el número de inocentes que albergase.
Ellos mismos habían sentenciado a los rebeldes que inicaron las revueltas,
muy a su pesar se los habían entregado a ella para su castigo,
aún sabiendo el terrible modo en que serían torturados y humillados.
-Sólo tienen una condición, Neoptolomeo. 
Pero la Princesa Lestarat no se había mostrado convencida.
-¿Cuál?
Nada era suficiente para Cassandra.
-La ciudad les pertenece de todas formas. No sólo por derecho, la mayoría de los ciudadanos les apoyan... apenas tenemos apoyo popular aquí.
-¿Cuál es la condición, Alejandro?
Los ojos agotados del líder guardián le miraron sin pestañear.
-Ya sabes cual es.

Wednesday, September 1, 2010

I. Mircea (Guardián)


Hace mucho tiempo, le había contado una vez una mujer, los Guardianes solían ser los elegidos para convertirse en Filósofos y aconsejar a los Príncipes, transmitiendo su sabiduría. 
Mientras duraba el proceso de aprendizaje y conversión, los Guardianes mas jóvenes tenían la tarea de defender la ciudad.
Se les llamaba así porque guardaban la paz. 
Pero la paz es efímera. 

Mircea conocía bien el resto de la historia. O una parte al menos. Las guerras entre Príncipes y Guardianes se sucedieron una tras otra, cada una heredera de la anterior. ¿Cómo se había quebrantado por primera vez la paz? No estaba seguro. 
Sabía por propia experiencia que los Guardianes habían sido guerreros que servían a la Polis con sus vidas. Ya no estudiaban para convertirse en filósofos. Ya no se abandonaban a los libros y el celibato a los treinta años, como antaño. Tenían prohibido tener familia, sin embargo. Los hijos varones que engendrasen, eran dispuestos para el Consejo y entrenados como futuros Guardianes. Las hijas mujeres, entregadas a los templos y criadas para ser Sacerdotisas.
Sabía que los Príncipes, al contrario, lo tenían todo.. Podían tener hijos sin que fueran arrebatados de los brazos de sus madres. Podían elegir una esposa con la que compartir el lecho al caer la noche. Los Príncipes eran la autoridad política de la Polis, y, en última estancia, los jefes del ejército. Pero aún así, los Guardianes eran los verdaderos protectores de la Polis.

Así se sentía Mircea, tercer capitán de Atenas, protector de su Polis.

Los Guardianes iniciaron una rebelión en busca de una respuesta de los Filósofos, le había dicho aquella mujer, los Filósofos les perdonaron por obrar en ignorancia del bien, pero quedaban muy pocos filósofos tras la rebelión. No les enseñaron el bien, y desaparecieron poco después.

Mircea no había conocido a ningún Filósofo, y dudaba que aquella mujer lo hubiese hecho tampoco.

-Mircea.
-Alejandro -se inclinó ante el recién llegado-Mi señor.
Era un hombre corpulento. Y apuesto. La ridícula perilla que llevaba habría dado aspecto cómico a cualquier otro hombre, pero a él le hacía atractivo incluso. El cansancio y la preocupación se habían agolpado recientemente en sus ojeras, haciéndole parecer más viejo.
-Los hermanos Lestarat han sido rescatados.
Mircea tragó saliva, avergonzado de repente, al recordar a la pequeña Lestarat.
-Eso significa que hemos perdido Troya.
-En efecto. Los han llevado a Chrysó, el Príncipe era amigo de su padre y se ha ofrecido a protegerlos.


Sunday, March 28, 2010

III.

Se había acercado a la playa huyendo de la tensión que se acumulaba en la ciudadela, esperando encontrar un poco de soledad.
Pero fué a Cronos lo que encontró.
-Ghaldok.
Sacudió la cabeza a modo de saludo y se sentó junto a él. 
Un sudor frío cubría la frente del guerrero, los puños cerrados, y sangre seca en los nudillos. Pero sólo le preocupó su mirada, los ojos celestes perdidos, fijos más allá del horizonte.
-Sólo queda una batalla... -le dijo- para bien o para mal.
-¿Por qué luchamos, Ghaldok? -preguntó de repente.
-Yo lucho por recuperar lo que me arrebataron.
Pero él no se refería a eso.
-¿Por qué la seguimos?


Al principio creía que la cuidaba,
pero cuando quiso darse cuenta, era demasiado tarde.
En su mente guardaba aún la imagen aquella pequeña niña jugando en el jardín, pero poco quedaba de ella ya. Poco a poco se había ido extinguido,
desde el mismo momento que los arrojaron juntos al suelo de piedra de las propias prisiones de su palacio, y gradualmente, 
a lo largo de su estancia en aquella ciudad de acogida, hasta desaparecer.
Pero Ghaldok no había querido verlo. Hasta que fué inevitable.
Sin darse cuenta, se vió acostumbrado a ceder a los caprichos de su hermana pequeña,
sin apenas esfuerzo, por sangrientos que fuesen.
Se vió envuelto en su lucha sin vuelta atrás,
una batalla tras otra, manchadas por la venganza.
Ella no buscaba recuperar lo que le habían arrebatado,
él podía recuperarlo, pero no ella,
no todo.
Ella había emprendido una lucha personal,
contra los Guardianes,
contra ÉL, 
Mircea,
el hombre que había liderado la rebelión en Chrysó,
el hombre que la había humillado,
y no cesaría hasta ver cumplida su venganza.

-Quizás estemos más perdidos que ella.
-Eres un buen hombre, Ghaldok. Serás un buen Principe.
Una sombra de tristeza asomaba a su rostro.
-Tú sin embargo ya eres un buen capitán.

Había luchado muchas batallas a su lado, y era un fiel compañero,
pero Ghaldok consideraba a su primer capitán más que eso, encontraba en él un amigo.
Recordaba a menudo como le roía la ira cuando llegó a aquella ciudad,
como no le dejaba dormir, ni concentrarse en su espada. Como aquél guerrero sigiloso le ayudó
sin pedir nada a cambio.
A veces se arrepentía de haberle hablado de él a su hermana,
un brillo diferente apareció en aquella época en sus ojos,
más tenue.


-El Templo. Esta noche. No se lo permitas.