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Monday, May 30, 2011

IIGhaldok y Cassandra (Principes)


Llegaron a Chrysò pasada la media noche. Los acompañaba la Sacerdotisa convertida en íntima consejera del Príncipe y sus dos guardias. El resto de la comitiva llegaría a la mañana siguiente para evitar un posible ataque de los Guardianes.
Se llamaba Ariadne, la Sacerdotisa. Había acudido a por ellos por orden explícita del Príncipe, que desconfiaba de todo lo que pudiese ocurrir tras las fronteras de su Polis.


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ONCE AÑOS DESPUÉS.

-No puedes entrar con armas en el templo, Cassandra.
Sin decir nada, se arremangó el vestido azul y tiró al suelo las armas que colgaban de sus blanquecinos muslos. Luego inclinó levemente la cabeza hacia la otra mujer.
-Has decidido dejar de ocultarte tras esa sangre en tu cabello, por fin -insistió, señalando la cabeza que acababa de bañar en el mar. 
-¿Hay algo más que no pueda llevar conmigo al templo?
La mujer agitó la melena azul eléctrica, negando.
-No han cambiado mucho las cosas en los cinco años que llevas sin venir.
-Las guerras no se ganan rezando -dijo secamente- Deberias saberlo, Glaüka.
Dandole la espalda detuvo sus ojos cristalinos en las columnas, casi sin querer, mientras algo molesto se anudaba en su garganta al observar el infinito a través de aquellos muros blancos.
Apenas tenía quince primaveras la primera vez que los vio, pensó mientras el recuerdo se esbozaba dolorosamente en su mente, distraída solo por los pasos de Glaüka alejandose.



Habia perdido la fé en los dioses. Aquella noche habia perdido la fé en todo, pero no fueron ellos quienes la llevaron alli.
'Ariadne, necesito encontrar a la Matrona Mayor'
'En el templo, niña'
Descalza y despeinada, habia corrido hacia alli hasta quedar sin aliento. Cuando la encontró estaba sentada en la puerta del templo, leyendo El Fedón.
-Que cosa tan curiosa, la politica, ¿no crees? -le dijo, alzando los ojos al verla.
-Necesito...
-Sé que te trae aqui, pero no puedo.
El desconcierto inundó su rostro.
-Por favor...
-Es imposible.
Su pasividad la irritó. 
Sabía que algo horrible podía pasar si no la ayudaba.
-¡No puedo!
Pero la anciana se marchó sin inmutarse.
Algo se removió entonces en su interior, extinguiendo la leve llama de esperanza que quedaba en ella, igual que se extinguen las ultimas luces de un dia de invierno.
-¡Que nazca pues! -le gritó a la nada- ¡Que crezca! ¡Quiero torturararlo con mis propias manos!
Y nació.
Nueve meses después dio a luz bajo los cuidados de Ariadne.
-Llévatelo -empapada de sudor, aun temblando por los esfuerzos de las contracciones, y los ojos llorosos, no fue capaz de pronunciar otra cosa.
-¿Vais a llamarlo? -preguntó Ariadne.
-Victor.


Cada paso que daba adentrandose en el templo vacio resultaba ser como una lenta y dolorosa cuchillada en su pecho.
La excitación se confundia con el dolor del pasado, y la promesa de venganza dibujaba en el futuro un ultimo propósito.
-Victor... Victor, Victor, ¡VICTOR!
Gritó al vacio repetidas veces, pero las palabras se perdieron en la soledad del santuario.
-Ya no está.
Sorprendida, se giró para descubrir a Cronos rodeándola en sus fuertes brazos. Se contuvo para no gritarle que la dejase, que se marchase, que sólo le usaba para saciarse, que era un idiota si podia creer que ella era capaz de sentir algo que no fuese odio, dolor, y venganza. Pero aquello no era verdad... del todo. Y le necesitaba. Lo había sabido desde el primer día que le vió entrenando en el patio junto a los otros guerreros.


-¿Cómo te llamas?
Había pasado poco más de un año desde que aquella Polis les acogiese
y les prometiese ayuda para reconquistar Chrysò.
Desde entonces, con la ayuda de Ariadne, los Lestarat trataban de reclutar un ejército reuniendo a sus aliados.
-Cronos.
Tras el parto, la pequeña muchacha asustada que llegase en busca de refugio,
se había convertido en una criatura gélida, imponente, 
que rápidamente se acostumbró a dar órdenes y castigar a aquellos que las desobedecían.
Pero aquél hombre, a diferencia de los otros, se presentó ante ella in-intimidable,
el sudor aún brillando en la piel bronceada por los entrenamientos bajo el sol,
la melena dorada alborotada,
y aquellos ojos azules clavados en ella,
como desafiándola.
-Capitán Cronos, a partir de ahora.

-Ya casi ha terminado... -le susurró.
-Ya casi -respondió él.
-Necesito que hagas algo...

Wednesday, September 1, 2010

I. Mircea (Guardián)


Hace mucho tiempo, le había contado una vez una mujer, los Guardianes solían ser los elegidos para convertirse en Filósofos y aconsejar a los Príncipes, transmitiendo su sabiduría. 
Mientras duraba el proceso de aprendizaje y conversión, los Guardianes mas jóvenes tenían la tarea de defender la ciudad.
Se les llamaba así porque guardaban la paz. 
Pero la paz es efímera

Mircea conocía bien el resto de la historia. O una parte al menos. Las guerras entre Príncipes y Guardianes se sucedieron una tras otra, cada una heredera de la anterior. ¿Cómo se había quebrantado por primera vez la paz? No estaba seguro. 
Sabía por propia experiencia que los Guardianes habían sido guerreros que servían a la Polis con sus vidas. Ya no estudiaban para convertirse en filósofos. Ya no se abandonaban a los libros y el celibato a los treinta años, como antaño. Tenían prohibido tener familia, sin embargo. Los hijos varones que engendrasen, eran dispuestos para el Consejo y entrenados como futuros Guardianes. Las hijas mujeres, entregadas a los templos y criadas para ser Sacerdotisas.
Sabía que los Príncipes, al contrario, lo tenían todo.. Podían tener hijos sin que fueran arrebatados de los brazos de sus madres. Podían elegir una esposa con la que compartir el lecho al caer la noche. Los Príncipes eran la autoridad política de la Polis, y, en última estancia, los jefes del ejército. Pero aún así, los Guardianes eran los verdaderos protectores de la Polis.

Así se sentía Mircea, tercer capitán de Atenas, protector de su Polis.

Los Guardianes iniciaron una rebelión en busca de una respuesta de los Filósofos, le había dicho aquella mujer, los Filósofos les perdonaron por obrar en ignorancia del bien, pero quedaban muy pocos filósofos tras la rebelión. No les enseñaron el bien, y desaparecieron poco después.

Mircea no había conocido a ningún Filósofo, y dudaba que aquella mujer lo hubiese hecho tampoco.

-Mircea.
-Alejandro -se inclinó ante el recién llegado-Mi señor.
Era un hombre corpulento. Y apuesto. La ridícula perilla que llevaba habría dado aspecto cómico a cualquier otro hombre, pero a él le hacía atractivo incluso. El cansancio y la preocupación se habían agolpado recientemente en sus ojeras, haciéndole parecer más viejo.
-Los hermanos Lestarat han sido rescatados.
Mircea tragó saliva, avergonzado de repente, al recordar a la pequeña Lestarat.
-Eso significa que hemos perdido Troya.
-En efecto. Los han llevado a Chrysó, el Príncipe era amigo de su padre y se ha ofrecido a protegerlos.